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Tu palabra me alimenta

Edwin Paniagua | Desde siempre, la palabra ha estado tan vinculada al ser humano que parecería que es una de las ca­racterísticas que lo definen como especie. Si partimos de la Biblia, se destaca que todo fue creado por la palabra de Dios. Las civilizaciones antiguas comenzaron a expresarse por medio de pictografías (dibujos), pero evolucionaron hacia gemidos, gritos y, posteriormente, al idioma oral.

Descartes decía: “Pienso, luego existo”. Nosotros diríamos: “Me co­munico, luego existo”. En el prólogo del evangelio de san Juan, se nos dice: “En el principio existía la Pa­labra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres…”. La palabra implica comunicación. Si Dios se comunica entre sí y con nosotros, es por la palabra.

Ahora bien, como dice la expresión popular: “Hay palabras que matan”. Si hacemos un ejercicio rápido, lo descubriremos. Las pala­bras deshonestas, corruptoras y mentirosas de muchos políticos matan los valores y la oportunidad de de­sarrollo del país. Pro-Consumidor con frecuencia hace operativos de verificación de que las “ofertas” de los establecimientos comerciales sean reales porque, en ocasiones, contienen palabras engañosas. Y no mencionemos las relaciones interpersonales.
Muchos padres matan el espíritu y las emociones de sus hijos, por utilizar palabras y tonos que son, prácticamente, golpes. Lo mismo ocurre en el matrimonio.

Y, pensemos también, en el caso de amigos y medios de comunicación: al parecer, hay personas y programas que son “profetas de desgracias” porque solo tienen pesimismo y malas noticias. Tengo una ami­ga que solo me escribe para informarme que tembló la tierra. Le he recomendado que busque trabajo en un instituto sismológico o en la Defensa Civil.
De modo, pues, que la invitación de hoy es a nutrirnos de las palabras, pero de las que dan vida. Como de­cía Jesús: “Mis palabras son espíritu y vida”. En la época en que vivimos, hay personas que han perdido la fe y se han alejado de la religión, olvidando que en el Señor, encontramos palabras de aliento.

En la Iglesia, era muy común no solo la confesión, sino la dirección espiritual: una conversación para en­caminarnos por el camino del bien. Los retiros y participación en grupos y movimientos, también son buenas opciones. La participación en los Sa­cramentos, por igual. Muchas veces nos ahogamos en un inmenso mar o aguacero y, cuando lo conversamos con la persona adecuada, resulta que una palabra se convierte en nuestra tabla de salvación.
La oración, sobre todo, es un lugar preponderante para comunicarnos con Dios y escuchar Su pa­labra.
Cantemos gozosos: Tu palabra me da vida, confío en Ti, Señor…

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