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El hombre santo, La santidad debe ser cultivada en el seno de la vida misma

Padre Miguel Marte Ramírez | mimarte@pucmmsti.edu.do

“Me consta que ese hombre de Dios es un san­to.” Eso dice sobre Eliseo en la primera lectura de la liturgia de este domingo una mujer a su marido. Me pregunto: ¿Qué vería en él para considerarlo un santo?

Un santo es un hombre lleno de Dios. Lo que me hace pensar que aquella mujer vería a Dios en Eli­seo. Ella dice: “ese hombre de Dios” y “es un santo”. Una redundancia. Si es un hombre de Dios tiene que ser un santo; de lo contrario encarnaría una gran contra­dicción. “Hay santos en la tierra porque Dios […] pue­de comunicarse y darse a Sí mismo”, nos dice R. Panik­kar.

Y en otra parte sostiene: “La santidad es, por un lado, la perfección absoluta, es decir, Dios, y, por otro, es la Vida de este Dios en alguna de sus creaturas.” Aquella mujer de Sunem, de la cual nos habla la pri­mera lectura de este día, se da cuenta que Eliseo es un santo porque ve en él al mismo Dios.

Ampliando más estas ideas, Panikkar nos dice: “El santo es el hombre que Dios ha tomado para Sí, el hombre que Él ha “reservado” y “segregado” […] El santo es una especie de re­velación de Dios, tiene un mensaje que transmitir –aunque no siempre con palabras–, es un instrumento de la Divinidad, es el hombre en el que Dios, que es Amor, encuentra no solo el lugar de reposo sino también de su acción.”
Con frecuencia se en­tiende “reservado” y “se­gregado” como separado de todo lo que tiene que ver con el mundo. Craso error. Cuando las cosas se entienden así se pretende vivir de espalda a la vida misma. La santidad debe ser cultivada en el seno de la vida misma, no en un escapismo permanente. Podemos hablar de la santidad de lo cotidiano. El hombre no puede renunciar a la vida cotidiana, tampoco a la actividad en el mundo. Allí es donde debe gestar su santificación. Tiempo y espacio son las coordenadas donde se desarrolla la vida; también son el marco donde el ser humano alcanza la santidad.

El ser humano debe re­conocer su temporalidad y santificarse en ella. La santidad no es una cosa de “otro mundo”; es un asunto de este. Es en este mundo donde el hombre se logra o se malogra. Es en este mun­do donde la realidad huma­na avanza hacia un estado de perfección con la espe­ranza de alcanzar la plenitud anhelada.

Cuando pensamos así las cosas, descubrimos la existencia humana con sentido de completud. Lo santo y lo perfecto no está reservado para otra vida. No vivimos dos vidas, la temporal y la eterna; sino una sola vida con una primera parte temporal y una segunda que se pierde en la eternidad. Lo divino abraza lo humano en su totalidad y lo humano es acogido por lo divino en su plenitud. La santidad es un asunto de aquí y de allá. Un cami­no que comienza en un espacio y tiempo concretos y trasciende más allá de esas categorías.

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