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Año Nuevo Entre el miedo y la esperanza

Manuel Maza, sj.   mmaza@pucmm.edu.do | Nada como el año nuevo para avisarnos que nos estamos poniendo viejos. En las fiestas del 31 de diciembre vigilamos para que cuando den las doce, el año nuevo no nos coja dormidos. Hay acción de gracias por el año que terminó y brindis al nuevo. Algunos brindan tanto, que acaban no sabiendo ni por qué brindan. Hay juntiña para darnos ánimo unos a otros con los rostros de amigos y familiares.

Al celebrar a María, Madre de Dios, cada pri­mero de enero, la Iglesia nos enseña que la verda­dera novedad no se adquiere sujetando un trago y una mano durante horas en el Malecón o frente al Monumento, esperando a que brille el primer rayo de sol del año nuevo. La novedad verdadera se recibe como regalo de Dios. María nos muestra en qué consiste la novedad que Dios nos regala cada día de este año que comienza.

En María, encontramos al Mesías y él nos comunica la ternura incomparable, la cercanía in­superable, la comunicación íntima, la honestidad invencible, la acogida incondicional. María Madre de Jesús nos ha traído la novedad del Señor en la que todos podemos participar. No hace falta tirar cohetes para espantar malos espíritus. No tiene sentido marcar la noche con nuestros trazos alados, fugaces y efímeros. María nos enseña como Madre y Maestra que nuestros nombres están escritos en el corazón de Dios. Con esa certeza podemos enfrentar el año nuevo.

Los judíos bendecían así: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor, el Señor se fije en ti y te conceda la paz.” (Números 6, 22 -27) Nos alientan los rostros amigos. María nos recuerda cada primero de año, que en Jesús ha brillado sobre nosotros para siempre el rostro de nuestro Padre, Dios.

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